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Posted by on Sep 21, 2016 in América Latina, Crónicas, Perú, Todo | 0 comments

Chapitas quemadas

Chapitas quemadas

Soy,
Soy lo que dejaron,
soy toda la sobra de lo que se robaron.
Un pueblo escondido en la cima,
mi piel es de cuero por eso aguanta cualquier clima.

– “Latinoamérica” Calle 13

Los habitantes del campo andino tienen una similitud que ha devenido casi en floklor por las portadas de los discos de música andina y los carteles turísticos. Detrás de las flautas de caña, el poncho y el chullo (popularizado en el mundo hispanohablante por el chavo del ocho) se encuentra un rostro como la misma tierra andina. Un rostro lleno de pliegues, de ramblas abiertas por el paso del viento frío y el sol seco de la cordillera. El sol andino, este sol más cercano a la tierra, es el que bendice los valles pero castiga las cúpulas montañosas. Un paisaje de roca, polvo y cactus es la convivencia diaria  de sus pobladores. Los pómulos andinos son como sus páramos más altos, doblegados ante la fuerza intempestiva del sol y del viento. Este folklor chamuscado, esta fibra moteada, cobriza, morena y roja que son las chapas andinas (diferentes al rosado maquillaje francés) esconde una realidad mucho más profunda y compleja que sufren los habitantes de la cordillera más larga del mundo. Especialmente en Ecuador, Perú y Bolivia.

Los habitantes de los Andes más alejados, de los páramos más altos, viven en condiciones climáticas y geográficas más difíciles que las personas de los valles, más fértiles para cultivar y más dóciles para vivir. En el cañón Apurímac, que divide los departamentos de Cusco y Apurímac en el Perú, se puede ver claramente esta situación. En los bordes del cañón, por encima de los 4,000 metros de altura, el paisaje es árido, lo único que crece en esta tierra es la paja para los animales de pastoreo y la papa para el sustento diario de sus habitantes. Descendiendo a los 2000 metros, casi llegando al río, la vegetación crece, hay árboles más altos e incluso podemos ver algunas casas con matas de papaya que venden a los viajeros que pasan por allí.

¿Si es más difícil vivir en en los páramos altos, entonces por qué la gente lo hace?

Una de las respuestas más sencillas sería decir “porque así lo han hecho siempre.”  Sin embargo, no hay ninguna razón para pensar esto.  En el tiempo de los Incas, las ciudades y tiempos ceremoniales se encontraban bastante por debajo de algunos pueblos actuales. Algunos ejemplos de esto son Machu Pichu (2,500 m.), Quito (2,800 m.) y  Cusco (3,400 m. En realidad, la razón de que hoy existan ciudades en las inclementes alturas andinas se debe más bien a la marginación paulatina pero constante que los pueblos indígenas han sufrido en toda nuestra historia colonial/republicana/contemporánea en América Latina.

En la colonia se sentaron las nuevas reglas que dividieron en castas a la población. Los descendientes de españoles en la cima de la pirámide social seguido por complicadas fórmulas que incluían las mezclas entre españoles, indios y negros, hasta llegar a lo peor de lo peor: el indígena puro. Las consecuencias de este reajuste social, a pesar de las reformas humanistas y económicas a lo largo de nuestra historia, aún pueden palparse en nuestros días.  El padre Bartolomé de las Casas consiguió convencer al poder terrenal y eclesiástico que los indios tenían alma, y desde ese momento la sociedad los ha visto como objetos de misericordia. Luego vinieron las reformas agrarias y el indio y el campesino tuvieron sus tierras pero éstas no necesariamente fueron las mejores y encima siguieron sin educación, sin salud, y sin las capacidades adecuadas para desarrollarse.

Aunado a los factores económicos y políticos que mantuvieron a los indígenas marginados en los lugares más inhóspitos se encuentra la cuestión cultural, a veces más irreversible que la primera. La conciencia latinoamericana estuvo y sigue en muchos casos limitada por lo que Alvaro García Linera, el vicepresidente de Bolivia, llama de sociedad pigmentocrática: “estabas más arriba cuan más blanca era tu piel”.1 Lo blanco y lo que manaba de él (su cultura, vestimenta, etc.) se convirtieron, y en muchos casos siguen siendo, un indicador irrefutable de poder económico y social en nuestra América Latina.

De pronto, los indígenas ya no eran desdeñados únicamente por los blancos sino por otros indígenas quienes, asimilando el nuevo orden de las cosas y con aspiraciones a subir en la escala social, decidieron adaptarse, “blanquearse culturalmente”. Los demás, aquellos que decidieron conservar, orgullosos, su cultura, prefirieron mudarse a un lugar a donde los demás no los seguirían, a donde la única pigmentocracia posible era la piel quemada por el sol. Prefirieron las alturas infértiles, desprotegidas del viento y del sol al desdén cotidiano a su color de piel, su lengua y sus vestimentas en los valles y en las ciudades. Las chapitas quemadas son el costo que tienen que pagar por su marginación económica, política, pero sobre todo cultural. Esta piel que aguanta cualquier clima, como dice la canción de Calle 13, quizá no debiera ser algo para estar orgullosos.

 

Alejandro Medina

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